Las selvas del trópico húmedo son el ámbito de la más alta biodiversidad terrestre que podemos imaginar. En nuestro país se extienden por el Golfo de México, desde la Huasteca hasta la frontera con Guatemala, por el sur y el este de la península de Yucatán, y por las montañas húmedas del Soconusco, Oaxaca, Guerrero, Jalisco y Nayarit.

Sus ecosistemas, las selvas tropicales lluviosas, de montaña y estacionales, poseen más del 60% de las especies terrestres mexicanas. En ellas abundan los ríos caudalosos y la floresta suele conservar sus hojas siempre, ya que llueve prácticamente ocho meses al año. Sus altos árboles permanecen ocultos bajo otras plantas y crecen en ellos buscando el sol, y entre sus enormes hojas hay un caos de actividad oculta. Hormigas, mariposas, cigarras y saltamontes van y vienen llevando a cabo sus minuciosas tareas. Los últimos se encargan de producir un ambiente estridente, sólo superado por los cantos de las coloridas aves o por el grito del mono aullador o saraguato. Hay también grandes reptiles y mamíferos, tales como el jaguar.

Los principales problemas a los que se enfrentan estos delicados ecosistemas son las quemas realizadas en las prácticas agrícolas, el tráfico ilegal de especies de flora y fauna, la cacería furtiva, el saqueo de productos maderables y no maderables y el crecimiento demográfico acelerado, con condiciones de pobreza extrema y desempleo. En todos los casos, la CONANP y las demás autoridades en materia ecológica dirigen programas de investigación y monitoreo, trabajan con las comunidades involucradas en las regiones y han zonificado las reservas para su mejor conservación.

 

Juan Francisco Infante Castillo

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